La desregulación emocional ocurre cuando nuestro "termostato" interno falla. Es la dificultad para tolerar, comprender y manejar el malestar sin recurrir a conductas que nos hacen daño a largo plazo.
A lo largo de nuestra vida, nadie nos enseña qué hacer cuando el malestar aprieta. Muchas veces, la única estrategia que hemos aprendido es intentar apagar lo que sentimos, distraernos o tragar saliva y seguir adelante. Pero las emociones no desaparecen porque las ignores; simplemente se acumulan y buscan otra forma de salir, generando un nivel de tensión que acaba condicionando cómo te relacionas, cómo trabajas y cómo descansas.
En esto influye muchísimo cómo nos han enseñado a comportarnos. A nivel social, a los hombres se les suele penalizar por mostrar vulnerabilidad, miedo o tristeza, lo que hace que a menudo canalicen ese malestar a través de la irritabilidad, el enfado o el aislamiento. A las mujeres, por el contrario, se les suele enseñar a reprimir la rabia o la frustración para "no molestar" o no parecer exageradas, lo que frecuentemente acaba transformando ese enfado legítimo en culpa, ansiedad o una necesidad constante de complacer a los demás. El resultado final es el mismo: acabamos peleados con lo que sentimos.