La autoestima no trata simplemente de "quererse a uno mismo" todos los días frente al espejo, sino de sentir que tenemos valor por el simple hecho de ser quienes somos. Empieza a ser un problema cuando esa valoración depende exclusivamente de cosas externas: el éxito laboral, el aspecto físico o la aprobación de los demás.
Nuestra autoestima no viene de fábrica; la construimos a través de nuestras historias, nuestras relaciones y el entorno en el que crecemos. Cuando esa base está dañada, dejamos de confiar en nuestras capacidades y empezamos a mirarnos a través de unas gafas muy críticas, lo que puede llenarnos de inseguridad y paralizarnos en nuestro día a día.
A nivel social, todos recibimos mandatos que nos dañan, aunque de forma distinta. A las mujeres se les suele exigir cumplir con estándares inalcanzables de belleza, cuidado hacia los demás y complacencia, lo que a menudo genera un profundo sentimiento de ser "impostoras". A los hombres, por su parte, se les suele presionar para que sean siempre fuertes, exitosos, proveedores y que no muestren vulnerabilidad. Al final, ambos caminos llevan al mismo punto: la sensación agotadora de no estar nunca a la altura.