Nadie elige tener una adicción. Muchas veces, todo empieza como una vía de escape: una forma rápida de apagar el estrés, de calmar un dolor profundo o de desconectar de una realidad que te sobrepasa.
Sabemos que dar el paso de pedir ayuda cuando te sientes así cuesta muchísimo, sobre todo por la inmensa vergüenza y el miedo a ser juzgada. Estar en este punto no te convierte en una mala persona ni en un fracaso. Significa que estás lidiando con un sufrimiento enorme y necesitas a alguien que te ayude a sostenerlo para poder salir de ahí.
El problema es que esa "solución" acaba convirtiéndose en una trampa. Tu cerebro y tu cuerpo se acostumbran a ese alivio temporal y empiezan a pedírtelo cada vez con más fuerza. Llega un momento en el que la sustancia o la conducta toma el control por completo. Y, lamentablemente, vivimos en una sociedad que juzga esto con mucha dureza. Esto hace que muchas personas lo vivan en un doloroso secreto, intentando aparentar normalidad mientras sienten que su vida se desmorona por dentro.